Por: Sebastián Schuff, president de Global Center for Human Rights
Tres hechos marcaron la reunión y expusieron las grietas profundas en la región:
EE. UU. exige resultados reales: Christopher Landau, vicesecretario de Estado, fue contundente. Washington evalúa si vale la pena seguir sosteniendo una organización que absorbe la mitad de su presupuesto, pero que fracasa frente a dictaduras como las de Venezuela o crisis como la de Haití. Su mensaje fue firme: “Rechacemos los regímenes autoritarios y afirmemos nuestro derecho soberano a defender nuestras fronteras y fortalecer esta organización con hechos, no solo con discursos.”
Más países se plantan ante el autoritarismo ideológico: Lo que comenzó tímidamente con Argentina, Paraguay y Perú, se consolidó este año con Panamá y Estados Unidos. Aunque no se aprobaron resoluciones polémicas, en temas como salud mental y Haití surgieron múltiples notas al pie que demuestran una creciente resistencia a la imposición de la ideología de género y la agenda woke.
La batalla por los derechos humanos sigue abierta: Aunque hubo avances como la incorporación una voz comprometida con la vida y la libertad dentro de la CIDH, sigue sin haber una mayoría conservadora que garantice un verdadero giro en la defensa de los derechos fundamentales. La batalla continuará desde dentro, porque la gran pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo puede la OEA defender los derechos humanos si ni siquiera logra acordar qué es un ser humano, qué es una mujer o qué significa la libertad?
Hoy la OEA está ante una elección crucial. O se convierte en un verdadero bastión de la democracia y la soberanía de los pueblos, o seguirá siendo utilizada como herramienta de ideologías que la alejan de su misión original.
No podemos dejar nuestro continente en manos de organismos que dudan en defender lo más básico: la vida, la familia y la libertad. Te invitamos a compartir este mensaje para exigir a nuestros gobiernos que no se rindan ante agendas contrarias a nuestros valores.

























